El lujo del grocery está explotando: Rigor Hill, Happier Crocery, Eataly y ahora Erewhon, que llega a Nueva York en un espacio pequeño, pero de apariencia lujosa. ¿Qué es esto?
Y no está ocurriendo solo en Estados Unidos. En Seúl (Corea del Sur), la tienda Monday Morning Market lanza productos comestibles como si fueran “colecciones cápsula” en una ambientación que nos recuerda a las joyerías más exclusivas del mundo, ¿o a laboratorios futuristas? Aquí el producto es secundario, un accesorio; lo que importa es el «aura». Se trata de «supermercados convertidos en deseo». Por ejemplo a Erewhon se la define como el «supreme de los marts». No venden comida, venden hype (expectativa, emoción), escasez y pertenencia.
El nuevo lujo no es un bolso francés exclusivo: es un smoothie de $30 dólares en Erewhon. Bienvenidos a la era de los HypeMarts, donde consumir comida ahora es; contenido, estatus y comunidad ¡El retail hecho espectáculo! Las generaciones anteriores a las actuales compraban por necesidad; hoy un porcentaje de consumidores del primer mundo, compra por identidad. En RedBakery una de las misiones de quienes escribimos en este espacio es el de analizar estas señales porque así evoluciona el retail: del anaquel… al deseo.
¿Qué es esto?
Es un ejemplo práctico de una nueva tendencia de consumo; la afluencia accesible. Es la idea que no puedes acceder al lujo completo, como un casa o un jet privado, pero si puedes pagar pequeños símbolos de ese estilo de vida. En los últimos años, el consumo ha comenzado a hablar un idioma más sutil. Ya no se trata de exhibir riqueza ni de acumular objetos, sino de acceder, por un momento, a una sensación de bienestar, control y pertenencia. A este fenómeno lo podemos llamar afluencia accesible: una forma de abundancia fragmentada, cotidiana, posible.
No es el lujo tradicional, distante y permanente. Es un lujo que aparece y desaparece, que se compra en pequeñas dosis y que se justifica desde la experiencia más que desde el precio. Un café mejor, un pan distinto. No cambia la vida de quien lo consume, pero sí cambia cómo se siente durante ese instante.
La afluencia accesible encuentra en el grocery contemporáneo su escenario ideal. El supermercado —o su versión curada y consciente— permite entrar al mundo del deseo sin pedir credenciales. Nadie tiene que demostrar nada para elegir un producto con relato, con origen o con estética cuidada. Basta con quererlo. Basta con entender el código.
En este contexto, el acto de comprar deja de ser estrictamente funcional y se vuelve expresivo. Elegir ya no responde solo a la necesidad, sino a la identidad. Cada producto seleccionado comunica algo: sensibilidad, conocimiento, aspiración, gusto. El carro de compras se transforma en un relato personal, breve pero elocuente.
La panadería, quizás más que cualquier otro rubro, encarna esta transformación. El pan sigue siendo un alimento básico, pero hoy puede representar tiempo, oficio y decisión. Un pan de fermentación lenta, una mantequilla especial o una bollería bien ejecutada no son excesos: son pequeños permisos. Formas de lujo sin culpa, porque se comparten, se disfrutan y se integran a la vida cotidiana.
Aquí, el precio importa menos que el sentido. El consumidor no paga solo por el producto, sino por lo que ese producto simboliza. Paga por una historia comprensible, por una promesa creíble, por una experiencia que se siente auténtica. La afluencia accesible no busca exclusión; busca validación cultural.
Por eso este fenómeno no debe confundirse con elitismo. Al contrario, democratiza el acceso al deseo. Permite que más personas participen de lenguajes antes reservados a pocos, sin necesidad de sostenerlos en el tiempo. Es una abundancia intermitente, pero suficiente.
Para el mundo Bakery y el retail alimentario, entender esta lógica es clave. No se trata de “subir precios” ni de simular lujo, sino de construir valor desde el oficio, la coherencia y el relato. De ofrecer productos que puedan ser elegidos no solo por lo que alimentan, sino por lo que significan.
Porque hoy, en una época de incertidumbre y ajuste, la afluencia accesible funciona como un refugio emocional. Un recordatorio de que el placer todavía cabe en lo cotidiano. Y de que, a veces, un buen pan basta para sentir —aunque sea por un rato— que todo está un poco mejor.
Fuentes consultadas:
i+D Magazine
The Fashion Retail Academy (Instagram)
