Un mercado exportador de materias primas ¿puede transformarse en un generador de cultura comercial alrededor de su commodity o está destinado a solo producirlo?
En el corazón del cinturón tropical del planeta, se cultivan dos de los productos más deseados por el mercado global del Bakery: el cacao y el café. Dos commodities que nacen en suelos fértiles del sur global, pero cuyo valor real suele cosecharse lejos de ahí. ¿Qué ocurre entre la tierra que los ve nacer y las ciudades donde se venden a precio gourmet? ¿Servir es más valioso que sembrar?
América Latina, África y algunas zonas de Asia son responsables de producir el grueso del cacao y del café que el mundo consume. Hablamos de millones de pequeños productores que cosechan con manos curtidas por el sol, con técnicas que muchas veces combinan saberes ancestrales con exigencias modernas. Sin embargo, al seguir la ruta del grano o la semilla, hay algo que empieza a llamar la atención: el valor agregado, la marca, la narrativa y las tendencias de consumo casi siempre se consolidan en otros países.
Mientras los países el norte invierten en tostado, tecnología de empaque, marketing emocional y narrativas gourmet, las naciones del sur siguen atrapadas en la exportación de materias primas. ¿Hay posibilidades de cambiar este paradigma?
En el caso del café, por ejemplo, países como Etiopía, Colombia o Brasil dominan en volumen de producción. Pero es en metrópolis como Londres, Nueva York, Trieste o Milán donde se elevan los precios, se diseñan experiencias de consumo, se inventan procesos de producción y se construyen marcas de life style. El mismo grano que en origen se vende por unos pocos dólares el kilo, puede llegar mucho más en una boutique de café europeo. ¿El secreto? Tostado preciso, empaque de autor, marketing sensorial y storytelling.
Lo mismo pasa con el cacao. Costa de Marfil, Ghana y Ecuador son líderes en producción. Pero la etiqueta «chocolate suizo» o «belga» sigue siendo símbolo de alta calidad y prestigio, aunque los países europeos no cultiven ni una sola planta. Europa ha sabido hacer del cacao una industria creativa: bombonería de autor, chocolatería de lujo, premios internacionales. Mientras tanto, en origen, muchas veces los mismos agricultores jamás han probado el producto final con el que otros hacen fortuna.
Este desequilibrio tiene raíces en la historia colonial y en dinámicas comerciales desiguales. Y aunque ha habido avances —como cooperativas de comercio justo o chocolaterías de origen en países productores— el camino para revertir esta lógica sigue siendo largo.
¿Es posible un futuro distinto? Algunos emprendedores en Ecuador, Perú, Ruanda o Uganda están apostando por transformar el producto en origen, crear marcas propias, exportar barras, cápsulas, licor y experiencias. También apuestan por el turismo de finca, las ferias especializadas y la narrativa local. El desafío no es sólo económico, sino también cultural: que el mundo aprenda a valorar al productor no solo como proveedor de materia prima, sino como creador de identidad y sabor.
Lo mismo ocurre con el café. En lugares como Cusco, Tarrazú o Quindío, las nuevas generaciones de productores han entendido que tostar, empacar, servir y contar la historia es tan valioso como sembrar. Algunos han logrado llegar directamente a tiendas especializadas en Europa o Asia, rompiendo con los intermediarios, pero es Europa quien domina el relato.
Ahí está el caso de la ciudad de Estocolmo en Suecia, reconocida por el concepto de fika, que combina café de alta calidad y pastelería local y cuyos casos emblemáticos son Drop Coffee y Johan & Nyström. “Fika puede definirse como una pausa para el café, un ritual social, un concepto o un estado de ánimo, dependiendo de con quién se hable, pero es intrínsecamente social y generalmente se asocia con una buena taza de café”, puntualiza una de las fuentes que consulté para la elaboración de esta columna.
El desafío no es menor: se trata de recuperar décadas, incluso siglos, de estructuras desiguales. Pero cada barra de chocolate que se empaca en Quito y no en Bruselas, cada cápsula que se diseña en Medellín en lugar de Berlín, es una señal de que algo está cambiando. El consumidor también tiene un rol: aprender a leer etiquetas, a preguntar quién está detrás del producto, a entender que el sabor no nace en la fábrica, sino en la finca. Y que el verdadero lujo, hoy, podría estar en retornar al origen… pero sin volver a entregarles el control a otros.
Quizás el próximo chocolate premium no venga de Zúrich, sino de Guayaquil. Quizás el café más galardonado en unos años no salga de una tostadora en Brooklyn, sino de un emprendimiento en Cusco. Todo depende de cuántos consumidores estén dispuestos a mirar la etiqueta más allá del branding.
Y también de cuántos países productores logren apropiarse del relato y del valor que, por mucho tiempo, se les ha escapado de las manos. ¡Nos leemos en agosto!
Fuentes:
Misdcelad Oro
Perfect Daily Grind
