Conversamos con una muy talentosa creadora que, desde tierras sureñas de sabores silvestres, deja su impronta en la escena culinaria nacional y en el Bakery de autor que marca diferencias.
Esta es la historia de Daniela, una maestra pastelera que emociona con su oficio, porque hay postres que se ven bonitos. Hay bombones que saben ricos. Y luego están los que conmueven. Los que, al probarlos, te hacen frenar por un segundo y pensar: ¿Qué me está haciendo sentir esto? Así son las creaciones de esta repostera chilena que, desde su taller, ha logrado que sus creaciones se conviertan en lenguaje, en gesto puro.
Su camino partió entre cazuelas, panes amasados y kuchenes. Sureña de corazón, creció en una casa donde la cocina era un lugar de encuentro, era parte de la vida misma. Con esa base firme, decidió profesionalizar su pasión en École, la Escuela Francesa de Cocina, donde perfeccionó técnicas, pero nunca se alejó del origen. “En mi familia siempre se ha cocinado harto, todo gira en torno a la cocina. Yo soy sureña, y sin duda esa herencia fue clave al momento de elegir esta carrera. La cocina es mi mundo. Me da alegría, me frustra a veces si algo no resulta, pero sobre todo me da placer… cuando logro una receta buena, siento que todo valió la pena”, nos dice Daniela.
¿Cuál ha sido el mayor desafío de emprender en chocolatería artesanal?
Diría que competir. Darse a conocer cuando eres chica, cuando estás partiendo. Además, el precio del chocolate está por las nubes. Invertir en maquinaria y en buenas materias primas no es menor. Pero si una quiere ofrecer calidad, tiene que hacer el esfuerzo.
Y lo ha hecho excelente. Hoy, sus preparaciones recorren las redes sociales con una estética acabada, pero lo más potente está detrás: cada pieza es una pequeña historia. La melancolía se expresa en un bitter oscuro y elegante. La nostalgia, en un cítrico ácido que te recuerda algo grato que habías olvidado. Y la alegría, por supuesto, llega en forma de dulzor suave, sutil, que acaricia el paladar.
En cada palabra, en cada respuesta, hay oficio y pasión. Dani ha sabido unir lo emocional, lo visual y lo sensorial en formatos pequeños, pero poderosos: sus mini dulces. Lo que está bien hecho, es mucho más que cantidad… es una experiencia, porque para compartir Dani Dettwiler ofrece, por ejemplo; Copón de Limón, Tres Leches Tiramisú, Tronco Nuez Chocolate, Creme Caramel o Suspiro Limeño, ¡todos de 10 a 12 porciones!
¿Cómo logras equilibrar lo tradicional y lo innovador en tu propuesta?
Es complicado, porque en Chile todavía somos súper tradicionales en pastelería. El manjar es rey, digamos. Pero poco a poco se va abriendo espacio para otras propuestas, sabores más arriesgados, combinaciones nuevas. Hay que tener paciencia y también saber explicar lo que uno hace, contar el por qué detrás de cada decisión.
No ha sido fácil emprender en este rubro. Innovar en pastelería puede ser todo un desafío, abrir camino no es cosa de un día. Pero, paso a paso, se ha ido ganando un público fiel, curioso, que valora no solo el sabor, sino también la historia y el corazón puestos en cada bocado.
¿Y la promoción? Administra ella misma su cuenta en redes. Así partió todo: subiendo recetas, probando ideas, escuchando a sus seguidores. Hoy, esas mismas redes son su vitrina y su canal directo con clientes que no solo compran, también opinan, sugieren, y muchas veces inspiran cambios. “Hay bombones que he ajustado por lo que me comentan. Uno no se las sabe todas, y es bonito aprender junto con quienes te siguen”.
Con una estética cuidada y una profunda conexión emocional con su oficio, su trabajo nos recuerda que la repostería también puede ser lenguaje, memoria y emoción.
¿Has experimentado con sabores chilenos o latinoamericanos para dar un sello más particular a tus creaciones?
Sí, me gusta mucho trabajar con sabores del sur. Murta, castañas, rosa mosqueta, arándanos… son ingredientes que me representan. Chile es productor mundial de cranberries, pero acá casi no se consume, mientras que afuera lo usan un montón, sobre todo por sus beneficios medicinales. Me gusta rescatar eso que tenemos tan cerca pero que no valoramos tanto.
La bombonería de autor es, para mí, volver a pensar el bombón desde cero, —nos dice mientras muestra una de sus ricas y decoradas piezas con relleno de murta— Es usar los sabores que me hablan. Los del sur. Los de la tierra mojada, los frutos de estación, lo que no se encuentra en supermercados.
Somos testigos de esto: desde la pastelería más clásica hasta las combinaciones inesperadas con frutos locales, su trabajo es una constante búsqueda de equilibrio entre lo tradicional y lo nuevo. Y en ese recorrido, hay algo que nunca transa: la emoción. “Quiero que cuando alguien pruebe algo mío, sienta que hay dedicación, respeto, cariño. Que no es solo dulce: es una experiencia”.
Si tuvieras que elegir un sello personal, ¿qué quisieras dejar en quienes prueban tus productos?
Sin duda la calidad. Trabajo con buenos ingredientes, uso un chocolate que me encanta: República del Cacao. Prefiero gastar un poco más en insumos, pero ofrecer algo que esté realmente bien hecho. Ese es el sello que quiero dejar… que quien pruebe un bombón mío diga: «esto está hecho con cariño y con respeto al producto».
En un país donde a veces se subestima el oficio del pastelero o la pastelera, la historia de Daniela Dettwiler viene a recordarnos que el chocolate no solo es sabor. También puede ser mensaje, arte, territorio. Y cuando viene del sur, con alma y con historia, es aún más inolvidable.
Para seguirla, acá está su cuenta oficial de Instagram Dani Dettwiler, que al momento de terminar de redactar esta entrevista ha superado los 26.000 seguidores.
Y para pedir, atentos porque hay que hacerlo con 3 días de anticipación.
¡A disfrutar de estas ricas preparaciones!
















