Inevitablemente surgen disputas sobre su origen. ¿Fue quizá en América, donde las antiguas civilizaciones como los mayas o aztecas ya molían granos de cacao hace miles de años?
¿O fue en Europa, donde este ingrediente se transformó en tabletas dulces, bombones y pralinés que hoy asociamos con el concepto de chocolate moderno? La respuesta no es tan directa, ni definitiva.
El cacao —ese fruto de aroma profundo y carácter amargo— tiene raíces indiscutiblemente americanas. Estudios arqueológicos han demostrado que en lo que hoy conocemos como Mesoamérica, pueblos como los olmecas (alrededor del 1500 a.C.) ya cultivaban y utilizaban el cacao, principalmente en forma de una bebida espesa y amarga que se consumía en rituales religiosos, o en contextos de élite. No era un dulce ni un postre, sino más bien un tónico poderoso, incluso con connotaciones espirituales.
Ahora bien, esa bebida de cacao prehispánica no tenía azúcar ni leche. De hecho, no se le parecía casi en nada al chocolate con leche que hoy se encuentra en vitrinas de tiendas especializadas. Era otra cosa. Otro mundo.
Cuando los conquistadores españoles llegaron al continente americano, no sólo llevaron consigo armas, enfermedades o caballos. También llevaron costumbres alimentarias. Y cuando regresaron a Europa, llevaron el cacao. Allí empezó otra etapa, muy distinta, en la historia de este producto.
El salto a Europa: azúcar, canela y lujo aristocrático
Durante el siglo XVI, el cacao empieza a circular por las cortes europeas, especialmente en España e Italia. Como el sabor original era muy amargo, se lo mezcla con azúcar, canela y otras especias. De esta manera, se va transformando en una bebida dulce, de consumo caliente, muy alejado de su versión original indígena. Por siglos el chocolate se mantuvo como bebida de lujo, reservada para las clases altas. Pero todavía seguía siendo una bebida, no una barra ni un bombón.
La revolución técnica: del cacao a la tableta
Para encontrar el momento en que realmente nace el chocolate como lo conocemos hoy, hay que viajar hasta el siglo XIX, y mirar hacia Europa Central.
En 1828, el químico neerlandés Coenraad van Houten inventa una prensa hidráulica que permite separar la manteca del cacao. Este avance técnico permitió obtener cacao en polvo y, con él, manipular la textura y sabor del producto. Luego, en 1847, la empresa británica J.S. Fry & Sons logra combinar este cacao en polvo con azúcar y manteca de cacao, formando una pasta moldeable. Resultado: la primera barra sólida de chocolate.
Más adelante, en el año 1875, el ciudadano suizo Daniel Peter, con la ayuda de Henri Nestlé (Boticario y empresario), introduce leche condensada al proceso. Así nace el “chocolate con leche”, tal como lo conocemos. El también suizo Rodolphe Lindt perfecciona el proceso de nacarado en 1879, dándole al chocolate una textura suave, sedosa, fundente.
Estos hitos son claves. El chocolate como producto moderno, comestible, industrializable y exportable, nace en Europa y con un acento suizo. Con raíces americanas, sí, pero con forma y cuerpo europeos.
¿Entonces quién lo inventó?; La respuesta más sensata quizás sea: ambos. América inventó el uso ceremonial y alimentario del cacao, lo introdujo al mundo como símbolo sagrado y moneda. Europa lo reinterpretó, refinó, industrializó y convirtió en ícono del placer dulce contemporáneo. Es entonces un producto mestizo. Un puente entre culturas. Una evidencia de cómo la alimentación también es una narración compartida.
Fuentes:
Muy Interesante
Nestlé Family
Quiero Chocolate
