Masur Café y una Identidad que conecta con el Sur de Chile

En La Unión, corazón verde de la Región de Los Ríos, hay un lugar donde los sabores tienen historia, y el Bakery se vive como un acto de memoria y afecto.

Se llama Masur Café, y nació de una convicción profunda: que el sur puede ser vanguardia. Que la harina tostada y el chocolate de alta gama pueden convivir en la misma vitrina. Ingrid Mundaca, junto a su esposo Ángelo —de raíces italianas—, son los creadores de este proyecto que partió en plena pandemia, cuando el mundo se cerraba y la incertidumbre se instalaba en cada rincón. Decidieron abrir una pequeña panadería con masa madre, con la idea de ofrecer una alternativa más saludable. Ingrid ya era conocida por sus galletas artesanales, y sus clientas la siguieron, pero querían más que pan: pedían café, tés, algo rico para la once. Así fue creciendo el sueño.

¿Qué factores han sido claves para consolidar ese sello de calidad que hoy los distingue?

Escuchamos lo que necesitaban nuestros primeros clientes. Así, fuimos ampliando la oferta. Durante 2020 y 2021 incorporamos helados artesanales estilo gelato. Siempre hemos tratado de responder a lo que nuestros clientes piden, y eso nos ha fortalecido como marca. Hoy, casi cinco años después, contamos con cinco locales. Empezamos con la panadería, luego vino la gelatería italiana, el café de especialidad —para el que incluso viajamos a Colombia y trajimos café directo del cafetal—, y más tarde sumamos una chocolatería francesa con cacao de distintos porcentajes.

¿Cómo ha sido el proceso de crecimiento y qué aprendizajes les ha dejado?

Empezamos con las ganas de ofrecer comida saludable porque yo tuve cáncer y cambié todo mi estilo de alimentación. Y esa situación me llevó a aprender a preparar pan de masa madre gracias a un maestro panadero que llegó de Alemania. Después Ángelo me sugirió que estábamos vendiendo mucho, que había mucha harina por todos lados y buscamos el local.

Y cuando empezamos con el tema de la heladería nos demoramos, porque todo era pandemia, todo costaba mucho que llegara a Chile; las máquinas, los insumos. Era todo muy muy difícil. Desde cómo se hace a cómo se termina, el tiempo de elaboración, el tiempo de cocción, cantidades de litros de crema, los gramos, todo. ¿Qué nos ha dado como lección? No lo podemos hacer todos nosotros solos. Necesitamos colaboradores idóneos para cada área. Hoy trabajamos con un ingeniero en alimentos que nos permite mejoras totales en los procesos.

Su propuesta combina panadería, pastelería, chocolatería, heladería y café-boutique. ¿Cómo logran equilibrar tantas especialidades manteniendo una identidad clara?

Lo asumimos con una enorme responsabilidad, algo que sentimos cada día. Para ofrecer lo que se ve en la vitrina hemos estudiado, tomado cursos, nos hemos perfeccionado. Queremos que cada cosa que hagamos conserve ese sabor que uno recuerda de la infancia, como lo que preparaban las abuelitas. Por ejemplo, una tartaleta de manzana, sí, pero con ese aroma a mermelada casera, a murta, a membrillo, que inmediatamente te lleva a un lugar querido. Esa es nuestra esencia. El equilibrio está en eso: innovar sin dejar de ser quienes somos. Hoy, por ejemplo, hicimos helado con harina tostada, porque acá en el sur, ¿quién no ha comido harina tostada con leche? Esa memoria es parte de la responsabilidad que sentimos al seguir creando y perfeccionando cada día.

Lo interesante es que ese rescate no es solo simbólico. En verano, Ingrid y Ángelo recorren ferias rurales comprando frutas directamente a los productores. Frambuesas, arándanos, frutillas silvestres que luego se convierten en sorbetes frescos y naturales, hechos con receta italiana pero con identidad local. A medida que Masur crece, también lo hacen los chacareros que los abastecen. Es una relación virtuosa, donde el comercio tiene rostro, manos, terruño.

¿Cómo influye el entorno local en la inspiración de sus productos y sabores?

Nos gusta rescatar sabores propios del sur: murta, piñones, frutilla blanca… ingredientes que aportan identidad a lo que hacemos. No solo se trata de innovar, sino que nuestros productos conecten con las raíces del territorio. Hemos llevado esa misma lógica a la chocolatería, con bombones rellenos de licor de huesillo, de maqui, de murta o enguindado, inspirados en antiguas recetas caseras que da la zona. Incluso usamos tecnología para deshidratar ingredientes locales y desarrollar nuevas líneas de pastelería. Es nuestro sello: una pastelería de vanguardia con alma sureña y sabores que cuentan historias.

¿Qué lugar ocupa la innovación en Masur? ¿Cómo se relaciona su apuesta por los postres de vanguardia con la tradición repostera del sur?

Nos ubicamos en un punto en donde se afincaron colonos alemanes, en donde también nuestras raíces mapuches y huilliches, son influyentes y están muy presentes. Y también tenemos esta veta italiana por parte de Ángelo, que es súper interesante, porque cada negocio tiene un espíritu, tiene vida propia, tiene mezclas de sabores, identidades.

Soy muy afortunada en estar ubicada en este punto, en donde me puedo agasajar con recetas. Tengo clientas que son alemanas y me regalan sus recetas para que se siga manteniendo vigente su tradición repostera. Soy una persona muy privilegiada de que tengan confianza en mí, en la marca, en poder entrar en la intimidad de sus recuerdos…

La gelatería italiana es un punto fuerte. ¿Qué caracteriza los helados de Masur?

Lo que más distingue nuestros helados es la calidad de los ingredientes. Desde el inicio apostamos por materias primas de primer nivel, muchas de ellas importadas, y trabajamos recetas que van más allá del típico helado: lo nuestro se acerca más a un postre italiano, con sabores tradicionales como stracciatella y siempre usando fruta natural. Tenemos dos líneas: una a base de leche y crema, y otra frutal hecha con agua, ideal para quienes son intolerantes a la lactosa. Ambas han sido perfeccionadas con el tiempo, gracias a asesorías especializadas y mucha búsqueda.

Contamos con una fábrica artesanal de alta gama aquí mismo, en La Unión, que nos permite producir helados frescos en buenas cantidades y con excelente calidad. Lo mejor es que casi todos los días hacemos nuevas partidas: no se quedan congelados por semanas, se elaboran y se venden. Y eso se nota en el sabor, en la textura y en la experiencia de cada bocado.

¿Qué significa para ustedes ver cómo su nombre se expande por la región y el país?

Llevar esta marca es una gran responsabilidad, una mochila que cargamos en familia, con Ángelo y nuestros hijos. Hoy somos un referente local, y cuando alguien llega a La Unión, muchas veces nos recomiendan como un lugar cálido, bonito, donde se viven experiencias. Nos han invitado a ferias internacionales, nos han entrevistado, hemos recibido premios como emprendedores… pero todo eso ha sido fruto del cariño que le hemos puesto, tanto a Masur como a nuestra ciudad.

Trabajamos todos los días, de lunes a domingo, junto a Ángelo. Estamos presentes en las salas de proceso, a veces atendiendo público, otras lavando loza. No es que solo dirijamos: estamos ahí, en lo cotidiano, porque la responsabilidad de Masur es nuestra también como personas, y creemos que el estar presentes marca la diferencia.

“Y cada espacio tiene un sello distinto, que lo hace único en La Unión y que hace también que la atención sea también un sello en Masur. El cariño hacia nuestros clientes, el “hola, ¿cómo estás?”, todas esas cosas son mejoras”, nos señala entusiasmada Ingrid.

¿Qué experiencia buscan que viva el cliente al visitarles o al llevarse un producto de Masur?

Sacar de lo cotidiano a quienes nos visitan, que entren a un lugar decorado diferente, especial. Cada vez que hay una fecha importante, por ejemplo, Fiestas Patrias; nos colocamos en “modo 18 de septiembre” y nos caracterizamos con delantales, a las niñas de ropa de huasa. Entonces invadimos el espacio con la temática que se caracteriza en ese momento.

Desde que abrimos nuestros locales en La Unión, sentimos que hubo un cambio en el comercio local. Otros negocios comenzaron a preocuparse más por los detalles: la decoración, los uniformes del personal, las mesas bonitas en las veredas. Fue como marcar un antes y un después.

En nuestra panadería, decoramos según la época del año. Y en la cafetería del edificio Cayetano, con Ángelo buscamos mesas distintas: las hicimos a partir de antiguas máquinas de coser. Y lo lindo es que esas mesas despiertan recuerdos. Muchas personas mayores se sientan ahí y le cuentan a sus hijos que jugaban con esas máquinas en casa de sus abuelos. Logramos eso: conectar con la memoria, traer emociones al presente a través de los espacios.

El sector de chocolatería es muy estilo “a la francesa”, es toda de mármol, entonces es un espacio muy elegante, muy bonito, con lámparas de cristal. Entonces todos tienen una gracia en especial y los hacemos vivir una experiencia única, tanto en el espacio como en nuestros locales.

El futuro también lo tienen claro. Ingrid sueña con levantar un hotel boutique, rodeado de naturaleza, con una escuela de pastelería para la Patagonia. Un espacio de descanso real, con leche caliente, queso a las brasas, masajes con flores del bosque y chimeneas encendidas. “Quiero que las personas que lleguen ahí encuentren más que comodidad. Que puedan sanar, porque todos llevamos algo dentro, alguna pena, una pérdida, un dolor físico o del alma. Y creo profundamente que un entorno natural, cuidado con cariño, puede ayudar”.

Masur es eso: una historia de amor al terruño, a los sabores de infancia, al trabajo bien hecho. Una pastelería con raíces y alas, donde cada receta lleva el alma del sur.

¿Cómo saber más de ellos? Acá está su cuenta oficial de Instagram

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